Antes no me bañaba cantando las canciones de Adriana.

Antes no me sabía la programación completa de Discovery Kids y Playhouse Disney.

Antes no me daba cuenta de que los cuentos infantiles son tan terroríficos: Bambi pierde a la madre, el lobo se engulle a la abuela de Caperucita, Cenicienta queda huérfana en manos de su madrastra mala, a Blancanieves la envenenan, etc.

Antes me levantaba después de las 10 de la mañana. Y los fines de semana, después de las 12.

Antes salía de noche cuando quería, hasta la hora que quería.

Y jamás pensaba que cada minuto que pasaba era un minuto menos que me quedaba para dormir.

Y dormía 8 horas seguidas y no tenía ojeras hasta el piso.

Antes, de noche, caminaba por mi casa haciendo todo el ruido que quería y tiraba la cadena del inodoro sin miedo a despertar a nadie.

Antes mi vida no dependía de la señora que trabajaba en mi casa.

Antes pesaba 10 kg menos.

Antes, mi televisor tenía control remoto. A nadie se le hubiera ocurrido tirarlo a la basura.

Antes podía hablar por teléfono todo el tiempo que quería.

Antes no comía Vitina (bah, lo que sobra), ni fideítos con formas de dinosaurios.

Antes no me preocupaba que no hubiera comida en casa.

Antes no tenía galletitas deliciosas enemigas-de-la-dieta en mi casa.

Antes trabajaba mil horas por día, sin problemas ni culpa.

Antes iba a la peluquería, me pintaba las uñas y me depilaba mucho más seguido.

Antes me compraba cosas para mí.

Antes leía más.

Antes no me quedaba dormida viendo películas.

Antes no gastaba un presupuesto en huevitos Kinder.

Antes no era tan feliz como ahora. Pero igual lo extraño.

¿Quién fue el maldito que decretó que no se puede tener todo en la vida?