
Insólitamente para mí, en un día de paro de subtes y miles de otros temas, la nota más leída del diario Clarín fue: “Llega una nueva generación de hombres: los metrosexuales”. El diario hace tal afirmación basándose en una encuesta que se hizo en el mercado de telefonía celular de Estados Unidos. Y dicen que cada vez hay más hombres que demuestran sus sentimientos sólo porque últimamente terminan sus mensajes de texto saludándose con un beso.
Imagínense qué pensaría la gente que hizo la encuesta si estuvieran acá.
Hablando de metrosexuales, digamos que no me gustaría compartir una crema para las arrugas ni una lima de uñas con un hombre. No al menos con un hombre que me guste, aunque no tendría problemas si sólo fuéramos amigos.
Supongo que todo depende de en qué situación sentimental se encuentre una. O de cuánto le guste su candidato metrosexual. O de cuán desesperada esté. O de cuán metrosexual sea éste. Veamos: ¿Se tiñe?; ¿Se hace la manicura?; ¿Se depila?; ¿Se tira el frasco de perfume encima?; ¿Le agarra un ataque de nervios si la camisa que iba a ponerse tiene una arruga?; ¿Se mira más a él que a una?
Digo, hay cosas que podría soportar si el muchacho en cuestión me interesara. Y definitivamente, otras que no.
En mi caso, prefiero a los hombres menos coquetos. Pero sé que hay muchos hombres que cuidan su imágen al máximo, por ejemplo, David Beckham. Y me parece genial. Para mí, la medida sería que se mire al espejo 30 segundos menos que yo por día. O que ni se le ocurra sacarme la pinza de depilar. Eso sí que no.