
(Para mi amiga Natalia, que está embarazada de su primer bebé, pero que ya es una maravillosa madre).
Muchas veces escuché lo mismo, lo que le da miedo a las mujeres no es tener hijos sino el parto. A mí me pasa exactamente alrevés. Más que nada porque el parto dura un rato, a los sumo algunas horas. Y los hijos son para siempre.
Yo tengo dos hijos y tuve sólo estas experiencias. Si bien fueron muy diferentes, ambos fueron lo más maravilloso que me pasó en la vida. Por supuesto que la primera vez estaba muy asustada. Pero me dieron tal dosis de peridural que no sentí absolutamente ningún dolor. Debo decir que se equivocaron, me dieron de más, porque no sentí nada, con lo cual ni me dí cuenta del momento en que nació Sofi. Sólo me enteré de que estaba afuera cuando la escuché llorar. Cabe aclarar que Sofía nació en Estados Unidos, donde la medicina es muy diferente a la argentina.
Con Dante fue alrevés, él nació en Argentina. Llegué a la sala de parto con el bebé listo para salir. Y no me dieron casi peridural (“aguantá, nena”, me decía el doctor), con lo cual sentí todo, to-do.
Ambos, fueron experiencias opuestas desde el punto de vista del dolor. Pero ambas fueron las más maravillosas, milagrosas, impresionantes, tremendamente fuertes, bueno… no hay muchas más palabras para describir lo que es ver salir un ser humano de adentro de uno.
Los días posteriores a los nacimientos de mis hijos fueron agotadores, por supuesto. Pero yo tenía una felicidad casi eufórica. Lo digo así porque fue casi desmedido. Fue felicidad plena, algo que uno siente poquísimas veces en la vida. Y mucho más en estas proporciones. Estaba realmente agradecida a la vida y no podía creer tener tanta suerte por tener hijos y que además fueran sanos y maravillosos.
En mi caso, creo que tendría un tercer hijo para tener una oportunidad más de pasar por el parto. Y también de amar a una persona más tanto, como sólo se puede amar a los hijos.
En inglés, parto se dice delivery (entrega). Y me parece una palabra hermosa para los que significa traer a un ser humano a este mundo.
La naturaleza se apodera de nuestros cuerpos y no hay más que entregarse al proceso milenario, gracias al cual todos estuvimos, estamos o vamos a estar en este planeta.
Lo único que tengo para quejarme es que me parece que la medicina convencional no comprende del todo el sentimiento de una mujer, que entra con una panza gigante, que tiene las piernas abiertas frente a varios desconocidos, que está sintiendo de todo y todo junto, que está por conocer a su hijo. Para los médicos (al menos lo que me tocaron a mí) un parto es un hecho médico más. Y para uno, es lo más fuerte que le pasó en la vida. Por eso me parece que vale la pena buscar médicos, parteras y lugares donde tener al bebé donde uno se sienta verdaderamente cómodo y donde respeten los sentimientos tanto como todo lo demás. Porque cuando los hijos nacen, uno renace. Y no hay algo más milagroso que eso: la vida en todo su esplendor.