Acabo de volver de las vacaciones. Y uno de los grandes placeres que tenía mi marido era preparar un rico asado a la noche e invitar amigos. Era todo un ritual que lo ponía contento.
Me llamaba la atención que todas las noches pasaba lo mismo: hombres, sólo hombres, preparando asados con total dedicación y alegría, desde el fueguito, que parece ser todo un arte, hasta la “magia” de lograr el punto justo de cocción.
Incluso entre los hombres se adulan la carne (del asado)… sienten orgullo, se felicitan, se agrandan cuando los invitados no dejan nada en el plato… Y que nunca falte el aplauso para el asador, que resuelve más problemas de autoestima que diez sesiones de terapia.
El gran misterio es… ¿qué efecto mágico tiene el maldito asado sobre los hombres que logra que vayan de compras, que cocinen y sirvan la comida a todos, sin chistar? Y ¿por qué desaparece en cualquier otra superficie que no sea una parrilla al aire libre?… Digo, ¿por qué no se repite el fenómeno en las cocinas de nuestras casas? ¡¡¡¿¿¿Por qué???!!!