Voy/no voy a un gimnasio que se llama Always. Y el nombre siempre me parece irónico, ya que a mí me cuesta tanto ir que no voy casi nunca.

Cada vez que me subo a una cinta para caminar o correr me siento un hámster.

Nunca logro ir con regularidad. Y tampoco jamás logro disfrutarlo. Las veces que probé clases que demandaran cierta coordinación, como la de aeróbics, terminé sintiéndome casi espástica y yéndome.

Ahora, debo decir que en mi lucha contra la ley de gravedad y los helados, a veces, cuando la cabeza me funciona un poco mejor, logro ir. Es más, pagué todo el año para obligarme. Y, para colmo, el gimnasio queda exactamente a la vuelta de mi casa. Sí, ya sé, lo mío es vergonzoso.

¡Hoy sí fui al gimnasio! (acaba de empezar el año y el 31 de diciembre me juré que iba a ir). Hice una clase de spinning, que es una de las cosas que menos detesto. Cada vez que miro el reloj, desesperada por que la clase termine, me doy cuenta que sólo pasaron ¡10 minutos!

Otra cosa que me molesta es ser la que peor está físicamente de todas que van a la clase. Incluso, las de 50 años están mejor que yo, pareciera que se cansan menos. No entiendo cómo puede ser que les guste ir. Debe ser un don, como ser bueno en matemáticas o en idiomas.

Cada vez que me levanto para ir al gimnasio tengo una batalla interna y me planteo todo tipo de cosas, pierdo el tiempo, siento que no vale la pena, que la cama está divina, etc. Es una lucha que todo dentro de mí me dice que abandone.

Hoy mi profesor me gritó para que pedalee más ràpido, mientras yo transpiraba y me preguntaba qué cornos hacía ahí: “Vamo, nena, que se te va la vida.” Y en toda su brutalidad, me dijo una gran verdad.

Pero debo decir, que cada vez que termina la clase y todos aplauden, yo siento un orgullo profundo, por haberme ganado la batalla a mí misma. Y en esos momentos, donde estoy más horrible y sucia que nunca, me siento feliz, con las endorfinas cantándome la canción de Queen al oído “We are the champions, my friend”….