
Hay pocas cosas que me pongan más triste que ver envejecer a mis viejos. Realmente no me gusta verlos con más canas, con más arrugas y con menos tiempo por delante.
En realidad, ellos y yo no tenemos ni nunca tuvimos la relación más sencilla. Yo soy hija única y ellos se divorciaron cuando yo tenía 13 años.
Recién cuando nacieron mis hijos ellos se aceptaron como familiares y volvieron a hablarse más normalmente. Es raro, pero a esta altura parecen casi hermanos. Pasé muchísimos años repartiendo mi tiempo entre ambos. Un fin de semana con uno. Un fin de año con otro. Y así.
Ahora hasta pasamos juntos las fiestas, los cumpleaños e incluso alguna que otra salida.
Cuando yo vivía afuera y los veía sólo algunas veces por año, me resultaba muy shockeante el reencuentro. Porque era como verlos envejecer por capítulos, se nota más. Uno se pierde una parte del proceso.
Ahora que vivimos en la misma ciudad y nos vemos mucho más seguido no es tanto el contraste, pero sí, a veces, me detengo a verlos y quisiera que tuvieran la energía de otra época. Además, hay un momento que pareciera que la vida da toda la vuelta. Y los padres se ponen un poco niños. Y uno tiene que ponerse un poco padre de sus propios padres.
A veces, cuando pienso cómo será la vida sin ellos, siento como si me estuviera preparando para cuando no estén, como si fuera una manera de prevenir el sufrimiento.
Y por más que a veces quise matarlos (figuradamente, obvio!) en el fondo me gustaría poder volver pensar como cuando era chica: que los papás son inmortales.