Quiero decir, para los que no me conocen, que empecé a trabajar un poco antes de cumplir 18 años. Todo empezó porque me quería ir de vacaciones con unas amigas y mi papá me dió plata para 15 días, cuando yo quería quedarme un mes. Trabajé de moza, de secretaria. Hasta que después empecé a estudiar publicidad y entré al mundo de las agencias. Una vez que entré no salí. Trabajé hasta los 28 años en Argentina y después en Nueva York por 6 años más.

Volvimos a vivir a Buenos Aires porque había nacido mi hija y realmente estábamos muy solos allá, además de que yo tenía que viajar mucho por trabajo. Y no podía soportar la idea de pasarme muchos días sin ver a mi bebita chiquita. Además, de que una niñera en Estados Unidos es realmente carísima. Pero en realidad, esto era lo menos importante al momento de decidir la vuelta.

Desde que nació mi primera hija trabajo de manera freelance. Tuve la enorme suerte de poder mantener casi la mayor parte de estos años mi trabajo en Estados Unidos. No de forma permanente, pero sí cada tanto, lo que me permitió dedicarme bastante a ella.

Contado así suena muy bien (ahora que leo lo que estoy escribiendo). Pero esto fue también realmente difícil.

Creo que durante la mayor parte de mi vida tuve sobre todo claro un tema, que me ayudaba a estructurarme: el trabajo. Siempre trabajé mucho. Y me encantaba.

Hasta que Sofía apareció en mi vida. Y realmente fue un quiebre enorme, un lavado de cerebro y alma tan profundos que realmente me convertí en otra persona. Millones de cosas cambiaron dentro mío. La mayoría para bien. Pero muchas para mal también. Es como que de pronto no tenía cabeza para el trabajo, sobre todo porque durante el primer año Sofi dormía bastante mal. Todo lo que siempre me había resultado sencillo y divertido, se volvió difícil y a veces casi imposible. Tampoco disfrutaba del todo pensar en pañales todo el día. Pero mi cabeza pasó por una etapa de lobotomía donde mis pensamientos estaban lentos. Y sufría por no tener más la energía para trabajar que siempre había tenido. Digo, esto no fue un problema espiritual nada más. También fue un problema económico. Y de energía, porque sinceramente, dentro mío, no encontraba por ningún lado la fuerza que siempre había tenido.

En un punto me gustaba trabajar así, cada tanto, pasando períodos sin trabajar casi nada. Después de tantos años sin parar, me parecía maravilloso. Además, sé la suerte que tenía (enorme suerte) ya que la mayoría de la gente tiene que volver a sus trabajos con todo lo difícil que eso es después de haber sido madre. Pero también tengo amigas que estaban desesperadas por volver a trabajar ya que estar todo el día con un bebé les resultaba demasiado agotador. Y las entiendo.

Yo sé que no hay verdades sobre este tema, que cada uno hace su propia experiencia de la mejor manera posible. Pero en los momentos donde me sentía sola y aislada del mundo exterior, me ayudó muchísimo encontrarme con los libros de Laura Gutman. Ella se especializa en crianza y tiene una visión muy amplia e inteligente sobre la maternidad y el período posterior al nacimiento, donde los campos emocionales de la madre y el bebé se fusionan.

Laura Gutman me hizo sentir más acompañada, más comprendida y más normal de lo que yo me sentía. Y cuando mi hija ya estaba un poco más grande, empezando el jardín y yo estaba recuperándome un poco (a mí misma), quedé embarazada nuevamente y todo volvió a empezar. Un poco más fácil esta segunda vez, pero muy intensa también.

Escribo esto ahora, con la enorme felicidad de estar recuperando unas ganas que sentía perdidas. No son exactamente las mismas ganas que tenía antes de que mis hijos aparecieran en mi vida, pero sí son ganas. Y, sin dudas, tengo más ganas de trabajar ahora que cuando trabajaba todo el día sin parar. Y eso, para mí, después de tantos años, es mucho.