
En Buenos Aires uno puede encontrar el Soho y Hollywood a sólo unos pasos de distancia. Mientras que en Estados Unidos, uno tiene que tomarse un avión, pagar aproximadamente 500 dólares y viajar de una punta a la otra del país por más de 6 horas.
Me pregunto a quién se le ocurrió llamar Palermo Soho a Palermo viejo.
¿Habrá mirado los precios y pensó que estaba en Nueva York? ¿Habrá pensado que ser viejo no estaba bien, aunque se tratara del nombre de un barrio?
Y cuando caminaba por Palermo Hollywood, ¿se habrá cruzado con alguna súper estrella, tipo Jorge Rial y dijo “esto es igual a Hollywood”?
Quiero decir que Buenos Aires me parece una ciudad preciosa. Pero me cuesta entender por qué los argentinos (algunos) queremos ser (y/o parecer) algo que no somos.
Encima, como para agregar más confusión a la identidad de la ciudad, si uno camina un poco más, se encuentra con barrios que según mucha gente, bien podrían pertenecer a Francia o a Italia. ¿O no es Buenos Aires la ciudad más “europea” de Latinoamérica?
Por otro lado, creo que en pocos lugares del mundo hay tanta obsesión con la imagen como acá.

Tenemos unos de los porcentajes más altos de cirugías estéticas del mundo. Y llega un punto en que muchas mujeres se parecen entre sí. Es como si todas quisieran ser una Barbie: con el pelo lacio, largo, preferentemente rubio, flaquísimas y eternamente jóvenes. Y no se dan cuenta que terminan pareciendo una Barbie: de plástico.
Al igual que la Barbie, que cumplió 50 años, pero que no se le nota, Susana Giménez, cumplió 65 y, al menos con Photoshop, lo disimula bastante bien.
Pero si hasta la presidenta tiene colágeno en los labios. ¿Ah?, ¿no? Bueno, me pareció… bueno… disculpas.