
Antes de empezar quiero decir que esto es sólo mi opinión. Es sólo mi verdad, mi experiencia. Y no quiero decir que así sean las cosas ni que esto le pase a todos igual. Y que me da un poco de vértigo publicarlo, ya que es un poco íntimo. Pero viene bien compartirlo. Tal vez así empiece a cambiar.
Para mí, la gordura es, en parte, tristeza y ansiedad. Es peso que uno lleva de más (literalmente y no). Son cosas que uno se mete adentro, como la comida, que nos hacen sentir apretados, como la ropa. Son cosas que uno no supo cómo manejar, más que comiéndoselas.
Y es, sobre todas las cosas, un desafío gigante deshacerse de ella, al menos para mí.
Uno puede engañarse de mil maneras, uno puede enojarse, ignorar los kilos de más. Decir: “me cago en todas las flacas y anoréxicas. Yo soy feliz así.” Y tal vez sea cierto. Pero tal vez no.
Al menos hasta que uno se anime a mirarse de frente, tal como es, y enfrentarse a sí mismo, sabiendo que la comida está ahí siempre.
Hacer dieta es aceptar que uno no tiene 20 años eternamente, cuando se comía lo que quería y no pasaba nada. Es aceptar que no puede todo. Que si uno quiere algo (como sentirse mejor con su propio cuerpo y su propia vida), tiene que renunciar a Freddo, por más que lo ame, por más que nos haga felices mientras dura. Pero dura tan poco.
La gordura nos pone en una situación de inferioridad por la cual uno siente envidia no sólo por la gente flaca sino también por la gente capaz de sostener una dieta, que no es más ni menos que la gente capaz de encuadrarse, de esperar y de respetar las leyes de la naturaleza: si comés sano y bien, estás sano y bien. Si no, no.
Cada comida es una oportunidad de hacerse bien o hacerse mal.
Bajar de peso es sacarse lastres de encima, y enfrentarse al mundo sin grasa de por medio. Es enfrentarse de una vez, sin tantas vueltas, a saber que obviamente lo más importante es la belleza interna, pero que la externa ayuda muchísimo. Y se retroalimentan. Porque cuando uno se siente mal con uno mismo, uno se tapa, se esconde. Y me pregunto, ¿de qué se esconde?
Hacer dieta, para mí, es lo que decía Aristóteles. “La batalla más grande es con uno mismo. Es más valiente quien se anima a conquistar sus deseos, que quien se anima a conquistar a sus enemigos.”
Importa darse la oportunidad. Importa pensar en lo que uno puede lograr si no se mete esa (malvada) galletita en la boca. Es poder postergar los caprichos, los impulsos, los deseos inmediatos, en pos a otros deseos, más importantes y perdurables.
Es ponerse límites a uno mismo. Y por más ayuda que uno tenga, uno está solo con su propia historia, con sus costumbres, sus impulsos, sus mandatos familiares y sociales. Sabiendo que no existe la magia y que no se puede comer como un packman.
Escribo esto ahora, a punto de empezar un tratamiento, básicamente comer sano y ordenado. (Para los que no me conocen, aclaro que no tengo taaantos kilos de más. Pero sí me hacen sentir mal.) Y, como corresponde, empiezo el lunes.
Por último quiero decir que admiro a las personas que son felices con ellas mismas, así estén flacas, gordas, bajas o altas, rubias o morochas.
Gracias por haber leído y compartido hasta acá.