
Quería compartir una cosa muy pequeña, pero que en realidad para mí es muy grande: hoy me puse una pollera (los que me conocen saben que no es muy habitual en mí).
Como les había contado hace unos meses, empecé un tratamiento para bajar de peso. Entre los años que viví en Estados Unidos y dos embarazos, me había quedado con varios kilos de más. Y nunca los había logrado bajar. Tanto me costaba el tema que empezaba a pensar que iba a ser realmente imposible para mí. Pero por suerte, mi amiga Karin me recomendó un lugar al que fui, primero con descreimiento, después con bronca, hasta que empecé a bajar de peso, simplemente por aceptar que si uno come menos, baja y si uno come más, sube. Sin magia ni nada, simplemente encuadrándose en la realidad y los límites de la naturaleza.
La cosa es que yo en la gordura tenía depositadas todas mis locuras y caprichos infantiles. Por mucho tiempo sentí que comer golosinas y helados era uno de los grandes placeres de la vida, mucho más que entrar en la ropa. Y así me fui inventado que yo prefería la ropa cómoda, las zapatillas y que no era tan coqueta ni femenina, que todo eso era medio tonto y superficial.
La vida quiso que tenga una hija mujer. Y mi hija es la reina de la coquetería. Adora las polleras y los perfumes, las hebillas, las princesas y los zapatitos. Y yo, una vez más terminé aprendiendo de ella, que tiene sólo 5 años. Digo una vez más porque una de las primeras cosas que aprendió a decir Sofía, cuando tenía menos de 2 años fue “ya está”. Y me lo decía cuando no quería comer más. Yo siempre respeté sus decisiones con respecto a la cantidad de comida. Nunca la presioné. Porque aún hoy recuerdo a mi abuela y mi mamá persiguiéndome con el tenedor. Y sé que no funcionó.
Y siempre pensé que en tantísimos años que yo tengo más que ella, nunca había aprendido a decir “ya está” a la comida, como ella.
Recién hoy, después de toda mi vida pude aprender a ser menos caprichosa en este aspecto. Recién ahora, sé que tuve la enorme suerte de no ser gorda por casi la mayor parte de mi vida. Porque siempre comí lo que quise, hasta hace muy poco. Y era como esas minas que ahora odio, que dicen que comen y no engordan. Bueno… a veces lleva mucho tiempo. Pero aunque antes me parecía algo irrelevante, hoy me hace sentir muy contenta esta pollera que me puse, que aún me aprieta un poco, pero que cierra. Todo empieza a cerrar un poco más.